William Henry (Guillermo Enrique) Hudson nació y murió en un mes de agosto. Dos agostos (augusts) muy distintos y distantes.
En 1841 era invierno y hacía mucho frío en Los 25 ombúes, una
estancia chica pegada al arroyo Las Conchitas, en lo que es hoy parte de
Florencio Varela y era por entonces plena pampa argentina. No había ni
alambrados. Acechaban, disfrutaban los indios, sobraban el cielo y los
pájaros; gobernaba Rosas, conspiraba el trágico Lavalle y el
desencantado Echeverría escribía –sin pudores ni expectativas de
publicación– los exabruptos de El matadero. Y todavía faltaba para que
un con pelo Sarmiento describiera eso que pasaba en términos de
civilización y barbarie.
En 1922 –un poco más de ochenta años después– era verano y hacía
calor en Londres, una de las esplendorosas, fatigadas capitales del
mundo. El rumor de los automóviles que entraba por las ventanas abiertas
de la melancólica Tower House, en el equívoco Westbourne Park, cubría
el rumor de los acorralados pájaros ciudadanos. En la edición del Times
no cotizaba ni importaba la remota transición de Yrigoyen a Alvear, pero
sí campeaban las esgrimas de Parlamento y las tensiones de una Europa
malherida de primera posguerra. Mientras Eliot publicaba The Waste Land
corregida por Pound, en los estantes de la biblioteca se enfilaban
libros nuevos del penúltimo Conrad, El cuarto de Jacob, de Virginia
Woolf.
Entre esos dos mundos –dos espacios, dos tiempos, dos culturas
absolutamente diferentes–, separados por una distancia que sólo podía
acortar la zancada de un bruto tierno, salvaje imponente de casi uno
noventa de estatura, se movió Hudson, el imprescindible.
Y en realidad, físicamente, se movió una sola vez: vivió treinta y
tres años de corrido acá –se fue en 1874, en el Ebro: tres meses de
navegación Buenos Aires-Southampton– y nunca más volvió: vivió casi
cincuenta años también de corrido en Inglaterra. Está enterrado allá y
pertenece, con todo el poder y la gloria, a parte de la mejor literatura
inglesa de la extraordinaria cosecha del primer cuarto de siglo.
Como escritor, es rarísimo. Para clasificar, digo. Y tardío, muy
tardío. Hudson, siempre –incluso en los treinta años largos que vivió en
su patria (hijo de norteamericanos emigrados, clase media rural)– se
expresó por escrito en inglés. En su casa había sólo libros ingleses y
estudió (no demasiado) junto a sus cinco hermanos, todos argentinos como
él, con maestros ingleses que iban a las estancias. Y si se acercó a la
escritura fue desde la vocación de naturalista. Describir/escribir lo
que veía y tenía a mano fue siempre –en las dos orillas– su vida: la
naturaleza, las costumbres, los sucesos, los bichos, los pájaros sobre
todo. Empezó escribiendo eso, enviando desde este confín del mundo a las
publicaciones científicas de Londres noticias (con el cuero
incluido...) de sus hallazgos ornitológicos, describiendo especies que
no estaban en los libros que conocía. Hasta que detrás de esos informes
se fue él. Nunca publicó una línea aquí, mientras vivió en el país.
Ya en Inglaterra, tardó mucho tiempo en encontrar su lugar. Recién
en 1885, más de diez años después de haber hecho pie en la Isla, publica
su primera novela, The Purple Land that England Lost (La tierra
purpúrea que Inglaterra perdió), reducida con el tiempo a La tierra
purpúrea, aventuras de un joven inglés en la Banda Oriental durante las
guerras civiles, que elogiaría luego, acaso excesivamente, Borges. No le
fue bien. Tampoco con otros intentos de ficción narrativa. Y es recién
en 1892, con algo más de cincuenta años y tras muchas penurias, que al
publicar The Naturalist in La Plata (El naturalista en el Plata)
consigue el tono, el tema y la manera propia y convincente y, junto con
eso –por fin– la atención, el reconocimiento y el éxito editorial y
literario.
Durante los siguientes treinta años –hasta su muerte– Hudson
escribió y publicó casi sin pausa y con increíble energía una veintena
de libros. Algunos pocos son de ficción, como la novela Green Mansions
(Moradas verdes) –ambientada en las Guayanas que no conoció y al estilo
de las historias aventureras de Rider Haggard–, o los famosos cuentos
rioplatenses reunidos en El Ombú, que incluyen el que le da título, El
niño diablo, Marta Riquelme e Historia de un overo. Tienen momentos
excelentes, pero en general no se lo nota cómodo inventando ficciones y
personajes. Aunque se ubica –para el lector inglés del momento– en la
línea de los narradores que traen a cuento la experiencia exótica de
vida y ambientes, como Kipling o Conrad –con quien tiene tanto en común
en ese sentido– Hudson no es un novelista de raza. Pero sí es –sin
contradicción– un notable, amenísimo narrador.
Y esa cualidad se pone de manifiesto en el resto de sus libros de
este último y prolífico período. Se trata de originales textos híbridos
en los que combina la descripción de sus observaciones puntuales de la
naturaleza y del comportamiento animal (sobre todo los pájaros) en zonas
rurales y urbanas, con el relato de anécdotas y sucedidos, pintura de
personajes, evocación de ambientes e inesperadas reflexiones al paso.
El resultado es habitualmente extraordinario: a veces el libro es el
decantado de sus andanzas a pie o en bicicleta por ciudades, campiñas,
bosques y aldeas inglesas –entre otros: Birds in a Village, Birds in
London, Hampshire Days, el memorable A Traveller in Little Things–;
otras veces son artículos diversos en que el ambiente y el tema saltan a
ambos lados del Atlántico –The Book of a Naturalist; Adventures among
Birds–; y, finalmente, están aquellos textos dedicados específicamente a
la tardía y luminosa evocación de los años de su infancia y juventud en
la Argentina: Idle Days in Patagonia (Días de ocio en la Patagonia) de
1893, que reconstruye su viaje a la zona del valle de Río Negro y
alrededores poco antes de abandonar su patria, y sobre todo el tantas
veces citado y reeditado Far Away and Long Ago (Allá lejos y hace
tiempo), publicado en 1918, en un rapto de luminosa evocación.
Convaleciente de una dura enfermedad, el viejo Hudson recuerda, en su
retiro londinense y setenta años después, los pormenores de su primera
infancia, aquella vida plena que le reveló de una vez y para siempre la
verdad casi mística de la comunión con la naturaleza. No hay muchos
libros como éste en la literatura universal.
En la Argentina, Hudson se ha traducido casi todo y con fervor, pero
ya hace tiempo y no siempre bien. Acaba de aparecer, por primera vez,
una versión de Inglaterra de a pie (A foot in England, de 1909) y no
hace tanto su inteligente biógrafa y difusora Alicia Jurado tradujo
Ralph Herne (1888), una curiosa novela publicada en folletín ambientada
en Buenos Aires durante la epidemia de fiebre amarilla. Ella, la Jurado,
y el torrencial Martínez Estrada –coincidiendo poco o casi nada– le han
dedicado textos imprescindibles.
La Antología de su obra que publicó Losada en 1946 venía acompañada
de juicios críticos y de valoraciones –a veces superlativas– de sus
escritores coetáneos (e ingleses): el amigo “Don Roberto” Cunningham
Graham, Edward Garnett, John Galsworthy, el mismo Conrad (“Hudson es una
fuerza de la naturaleza”) y algunos más. Lo elogió D. H. Lawrence y
también se trató con el otro, el de Arabia. Cuando Jaime Rest prologó
Allá lejos y hace tiempo para la edición de Fausto, le agregó un sutil
texto de Virginia Woolf sobre ese extraño personaje que –al decir de
Edward Thomas– “para ser un naturalista inglés comenzó por hacer una
cosa excéntrica: nació en América del Sur”.
Hudson es, para nosotros, un autor insoslayable. Más allá de falaces
chauvinismos –si es “nuestro” o “de ellos”: es obvio que pertenece a la
literatura inglesa– su mirada y experiencias únicas y el testimonio
personal riquísimo que ha dejado en textos luminosos sobre una época y
ciertos ambientes de nuestra patria lo hacen de lectura imprescindible.
Acaso porque les tuvo que contar/describir un mundo a otros que no
sabían de qué se trataba, acaso porque literalmente estaba extrañado de
un pedazo grande de su (mejor) vida, acaso por eso supo mostrar como
nadie lo que tantos tuvieron delante y no atinaron a ver.
Que en eso reside, entre otras cosas, su grandeza.
Página 12 el 15 de Octubre de 2012
Lamentáblemente con todo el problema con Megaupload y otros lugares para compartir archivos muchos de nuestros libros fueron borrados.
Algunos todavía quedan en nuestra
Otros los perdimos, si alguien quiere volver a subirlos sería bueno.