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martes, 19 de agosto de 2014

Un forastero en el paraíso pampeano-Por Osvaldo Bayer

Fuente Página 12

Un forastero en el paraíso pampeano


 Por Osvaldo Bayer

La información cubrió todo como una ola. Todo lo otro pasó a segundo plano. Había aparecido el nieto de Estela. Todo parecía una fantasía más de la realidad. Pero era la verdad. De cuerpo y alma. Había triunfado la ética una vez más. Los poderosos mandamases de los años ’70 aparecían pisoteados por el barro de la impudicia y la cobardía de las armas una vez más y para siempre. Triunfaron las Abuelas sobre el poder de las armas y lo injusto. Me hubiera gustado que los brutales genocidas Videla, Massera y Agosti estuvieran vivos y como periodista haberlos visitado en la cárcel para preguntarles qué sentían al verse completamente desnudos ante la aparición de Guido. Estoy seguro de que sólo hubiese escuchado rebuznos como respuesta. Desnudos, desnudos, tan poderosos antes y ahora desnudos y ya con olor a podrido.
La alegría de la libertad y la vida por un lado y la mirada torva de los desaparecedores en el rincón de la celda. La vergüenza eterna de los que fueron sus familiares y adjuntos.
Valió la pena luchar.
Por eso, ese día salí a caminar hacia la luz. Hacia la luz, hacia la explicación nunca encontrada de la palabra vida. Voy a buscarlo a Guillermo Hudson, le voy a dar la mano y pedirle que me acompañe. Recorreremos el camino que él transitó en su vida: nuestras pampas, nuestra tierra, con su inmensidad y sus colores, sus silencios y sus voces naturales, su gente, sus lunas, sus soles. Leo sus páginas. Allá lejos y hace tiempo. Aparece su amor entrañable, ese paisaje que lo vio desde niño, de adolescente y en plena juventud. Nos dice: “El cielo azul, la tierra parda, el pasto, los árboles, sus animales, el viento, la lluvia y las estrellas nunca me son extraños, porque en ellos estoy, de ellos soy y con ellos me identifico. Mi carne y la tierra son una, el calor del sol y de mi sangre son uno, y uno el viento y la tempestad con mis pasiones”. Aunque dejó la pampa bonaerense a los treinta y tres años de edad, Hudson, en pensamiento, siempre estuvo allí. Oía sus pájaros, olía a la pampa, sus ojos veían todo verde, su aliento olía a pastos verdes, su vista se perdía siempre en el mismo azul de ese cielo pampeano pleno de azules y de blancas nubes, y el destello de cien mil estrellas.
Mantuvo siempre toda aquella memoria de niño y de adolescente, y desde la lejanía europea lo puso todo en papel como si jamás se hubiera alejado. Cada día pasaba con la vista del recuerdo lo que había vivido en la fuerza de descubrir, de admirar, de seguir el vuelo de la mariposa, de orientarse por el trino de los gorriones y sus vuelos, de mirar el sol sin pestañear. Sí, lo silvestre. La sabiduría nata del gaucho y verlo alejarse en su caballo como si marchara al más allá ya sin regreso... El diálogo casi mudo pero sabio con el habitante de la tierra. El caballo, la bota de potro, el relincho, la montura con olor a oveja. El horizonte cambiando los colores todo el día y el ocaso teatral con mil estallidos de luces en el silencio total de las pausas de esas aves siempre anunciadoras. El pincel de Hudson es la pluma y su pintura, la palabra. Nos pinta todo con palabras que son colores y viajamos con él, mejor dicho, recorremos, no vamos a ningún lado, pero sí nos encontramos con nosotros mismos. Abrazar las pampas.
Hudson es un león dormido que observa y sueña. Un león que no devora, sino que describe. No se le escapan detalles. Y así nacerán sus obras. Y de ellas levantarán vuelo los miles de calandrias, pájaros carpintero, horneros, benteveos, zorzales, mientras correrán por los campos teros, perdices y mixtos. Y desde las ramas lo observarán las astutas lechuzas. Todo ante los silenciosos bosques de tala y los desparramados paraísos y ligustros, todos clasificados por el capo ecológico Hudson.
Después de recorrer “Los 25 ombúes”, descanso. Me pongo a la sombra de un ombú, que es como si entrara a un templo. Pienso: qué vida la de este caminante de la naturaleza. Cuántas enseñanzas nos ha dejado. Nuestros adolescentes deberían recibir sus libros en los colegios y leerlos. Un amante pleno de la naturaleza. Y de sus árboles, arbustos, plantas, flores silvestres y de todos sus increíbles animales. Admirar y amar toda la creación. Aprender de ella. Mirarlos como un tesoro de vida. Y cuidarlos, acariciarlos, y no al tiro del cazador. Y gritar en el bosque con todas ganas: “Gracias por tu vida, Guillermo Enrique Hudson”.
Los títulos de sus libros son nuestros. Se requiere una canción de cuna, El gorrión de Londres, La confesión de Pelino Viera, La recompensa del colono, En el desierto, La tierra purpúrea, Un naturalista en el Río de la Plata, Días de ocio en la Patagonia, Los pájaros y el hombre, El ombú, Mansiones verdes, Aventuras entre pájaros, Allá lejos y hace tiempo, Aves del Plata, Una cierva en el parque de Richmond, etcétera.
Poesía y recuerdo, el paisaje, la gente, la vida, los sueños. Un escritor para quererlo y leerlo siempre cuando vienen las horas de los sueños. Abrir sus libros y gozar sus tiempos. Gozar sus tiempos y encontrar en ellos la esencia de la vida y nuestro deber hacia ella.
Mi agradecimiento a todos los hombres y mujeres que cuidan “Los 25 ombúes” y sus tesoros. Gracias.

lunes, 15 de octubre de 2012

Juan Sasturain - El insoslayable Hudson en Página 12


Por Juan Sasturain

William Henry (Guillermo Enrique) Hudson nació y murió en un mes de agosto. Dos agostos (augusts) muy distintos y distantes.
En 1841 era invierno y hacía mucho frío en Los 25 ombúes, una estancia chica pegada al arroyo Las Conchitas, en lo que es hoy parte de Florencio Varela y era por entonces plena pampa argentina. No había ni alambrados. Acechaban, disfrutaban los indios, sobraban el cielo y los pájaros; gobernaba Rosas, conspiraba el trágico Lavalle y el desencantado Echeverría escribía –sin pudores ni expectativas de publicación– los exabruptos de El matadero. Y todavía faltaba para que un con pelo Sarmiento describiera eso que pasaba en términos de civilización y barbarie.
En 1922 –un poco más de ochenta años después– era verano y hacía calor en Londres, una de las esplendorosas, fatigadas capitales del mundo. El rumor de los automóviles que entraba por las ventanas abiertas de la melancólica Tower House, en el equívoco Westbourne Park, cubría el rumor de los acorralados pájaros ciudadanos. En la edición del Times no cotizaba ni importaba la remota transición de Yrigoyen a Alvear, pero sí campeaban las esgrimas de Parlamento y las tensiones de una Europa malherida de primera posguerra. Mientras Eliot publicaba The Waste Land corregida por Pound, en los estantes de la biblioteca se enfilaban libros nuevos del penúltimo Conrad, El cuarto de Jacob, de Virginia Woolf.
Entre esos dos mundos –dos espacios, dos tiempos, dos culturas absolutamente diferentes–, separados por una distancia que sólo podía acortar la zancada de un bruto tierno, salvaje imponente de casi uno noventa de estatura, se movió Hudson, el imprescindible.
Y en realidad, físicamente, se movió una sola vez: vivió treinta y tres años de corrido acá –se fue en 1874, en el Ebro: tres meses de navegación Buenos Aires-Southampton– y nunca más volvió: vivió casi cincuenta años también de corrido en Inglaterra. Está enterrado allá y pertenece, con todo el poder y la gloria, a parte de la mejor literatura inglesa de la extraordinaria cosecha del primer cuarto de siglo.
Como escritor, es rarísimo. Para clasificar, digo. Y tardío, muy tardío. Hudson, siempre –incluso en los treinta años largos que vivió en su patria (hijo de norteamericanos emigrados, clase media rural)– se expresó por escrito en inglés. En su casa había sólo libros ingleses y estudió (no demasiado) junto a sus cinco hermanos, todos argentinos como él, con maestros ingleses que iban a las estancias. Y si se acercó a la escritura fue desde la vocación de naturalista. Describir/escribir lo que veía y tenía a mano fue siempre –en las dos orillas– su vida: la naturaleza, las costumbres, los sucesos, los bichos, los pájaros sobre todo. Empezó escribiendo eso, enviando desde este confín del mundo a las publicaciones científicas de Londres noticias (con el cuero incluido...) de sus hallazgos ornitológicos, describiendo especies que no estaban en los libros que conocía. Hasta que detrás de esos informes se fue él. Nunca publicó una línea aquí, mientras vivió en el país.
Ya en Inglaterra, tardó mucho tiempo en encontrar su lugar. Recién en 1885, más de diez años después de haber hecho pie en la Isla, publica su primera novela, The Purple Land that England Lost (La tierra purpúrea que Inglaterra perdió), reducida con el tiempo a La tierra purpúrea, aventuras de un joven inglés en la Banda Oriental durante las guerras civiles, que elogiaría luego, acaso excesivamente, Borges. No le fue bien. Tampoco con otros intentos de ficción narrativa. Y es recién en 1892, con algo más de cincuenta años y tras muchas penurias, que al publicar The Naturalist in La Plata (El naturalista en el Plata) consigue el tono, el tema y la manera propia y convincente y, junto con eso –por fin– la atención, el reconocimiento y el éxito editorial y literario.
Durante los siguientes treinta años –hasta su muerte– Hudson escribió y publicó casi sin pausa y con increíble energía una veintena de libros. Algunos pocos son de ficción, como la novela Green Mansions (Moradas verdes) –ambientada en las Guayanas que no conoció y al estilo de las historias aventureras de Rider Haggard–, o los famosos cuentos rioplatenses reunidos en El Ombú, que incluyen el que le da título, El niño diablo, Marta Riquelme e Historia de un overo. Tienen momentos excelentes, pero en general no se lo nota cómodo inventando ficciones y personajes. Aunque se ubica –para el lector inglés del momento– en la línea de los narradores que traen a cuento la experiencia exótica de vida y ambientes, como Kipling o Conrad –con quien tiene tanto en común en ese sentido– Hudson no es un novelista de raza. Pero sí es –sin contradicción– un notable, amenísimo narrador.
Y esa cualidad se pone de manifiesto en el resto de sus libros de este último y prolífico período. Se trata de originales textos híbridos en los que combina la descripción de sus observaciones puntuales de la naturaleza y del comportamiento animal (sobre todo los pájaros) en zonas rurales y urbanas, con el relato de anécdotas y sucedidos, pintura de personajes, evocación de ambientes e inesperadas reflexiones al paso.
El resultado es habitualmente extraordinario: a veces el libro es el decantado de sus andanzas a pie o en bicicleta por ciudades, campiñas, bosques y aldeas inglesas –entre otros: Birds in a Village, Birds in London, Hampshire Days, el memorable A Traveller in Little Things–; otras veces son artículos diversos en que el ambiente y el tema saltan a ambos lados del Atlántico –The Book of a Naturalist; Adventures among Birds–; y, finalmente, están aquellos textos dedicados específicamente a la tardía y luminosa evocación de los años de su infancia y juventud en la Argentina: Idle Days in Patagonia (Días de ocio en la Patagonia) de 1893, que reconstruye su viaje a la zona del valle de Río Negro y alrededores poco antes de abandonar su patria, y sobre todo el tantas veces citado y reeditado Far Away and Long Ago (Allá lejos y hace tiempo), publicado en 1918, en un rapto de luminosa evocación. Convaleciente de una dura enfermedad, el viejo Hudson recuerda, en su retiro londinense y setenta años después, los pormenores de su primera infancia, aquella vida plena que le reveló de una vez y para siempre la verdad casi mística de la comunión con la naturaleza. No hay muchos libros como éste en la literatura universal.
En la Argentina, Hudson se ha traducido casi todo y con fervor, pero ya hace tiempo y no siempre bien. Acaba de aparecer, por primera vez, una versión de Inglaterra de a pie (A foot in England, de 1909) y no hace tanto su inteligente biógrafa y difusora Alicia Jurado tradujo Ralph Herne (1888), una curiosa novela publicada en folletín ambientada en Buenos Aires durante la epidemia de fiebre amarilla. Ella, la Jurado, y el torrencial Martínez Estrada –coincidiendo poco o casi nada– le han dedicado textos imprescindibles.
La Antología de su obra que publicó Losada en 1946 venía acompañada de juicios críticos y de valoraciones –a veces superlativas– de sus escritores coetáneos (e ingleses): el amigo “Don Roberto” Cunningham Graham, Edward Garnett, John Galsworthy, el mismo Conrad (“Hudson es una fuerza de la naturaleza”) y algunos más. Lo elogió D. H. Lawrence y también se trató con el otro, el de Arabia. Cuando Jaime Rest prologó Allá lejos y hace tiempo para la edición de Fausto, le agregó un sutil texto de Virginia Woolf sobre ese extraño personaje que –al decir de Edward Thomas– “para ser un naturalista inglés comenzó por hacer una cosa excéntrica: nació en América del Sur”.
Hudson es, para nosotros, un autor insoslayable. Más allá de falaces chauvinismos –si es “nuestro” o “de ellos”: es obvio que pertenece a la literatura inglesa– su mirada y experiencias únicas y el testimonio personal riquísimo que ha dejado en textos luminosos sobre una época y ciertos ambientes de nuestra patria lo hacen de lectura imprescindible. Acaso porque les tuvo que contar/describir un mundo a otros que no sabían de qué se trataba, acaso porque literalmente estaba extrañado de un pedazo grande de su (mejor) vida, acaso por eso supo mostrar como nadie lo que tantos tuvieron delante y no atinaron a ver.
Que en eso reside, entre otras cosas, su grandeza.

Página 12 el 15 de Octubre de 2012 

Lamentáblemente con todo el problema con Megaupload y otros lugares para compartir archivos muchos de nuestros libros fueron borrados. Algunos todavía quedan en nuestra biblioteca virtual Otros los perdimos, si alguien quiere volver a subirlos sería bueno.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Hudson, pampa y después-Artículo del Suplemento Futuro de Página 12


Fuente Suplemento Futuro de Página 12 del 25 de Agosto.


UN NATURALISTA SALVAJE

Hudson, pampa y después

En el mes del nacimiento y muerte de Guillermo Enrique Hudson (agosto 1841 - agosto 1922), Futuro recuerda la obra del naturalista pionero y gran escritor y recorre el parque ecológico-cultural donde se encuentra hoy el Museo Histórico Provincial que lleva su nombre.

Por Juan C. Benavente

Un viaje hacia lo desconocido

“En una fría y brillante mañana de junio esperábamos el gran instante de la partida, entre gritos y ruidos, resoplar de caballos y rechinar de cadenas. Recuerdo muchas cosas de ese viaje, que empezó al salir el sol y terminó entre dos luces poco después de ponerse aquél. Al mirar hacia atrás, al poco tiempo habíamos perdido de vista el bajo techo de la casa, pero los árboles, la fila de los veinticinco gigantescos ombúes, fueron visibles, azules a la distancia. Divisábamos varios pequeños montes, aquellas arboledas parecían islas sobre el campo, chato como el mar. Al fin, el monótono paisaje fue palideciendo y se desvaneció. Sólo volví a recobrar mis sentidos cuando ya obscurecía y me bajaron del coche duro de frío. A la mañana siguiente me encontré en un nuevo y extraño mundo.”

Esos recuerdos, fijados en la memoria de un niño en 1846, fueron descriptos por un anciano casi setenta años después. Para entonces, ese mundo ya era el Far Away and Long Ago (Allá lejos y hace tiempo), publicado en inglés, lengua en la que escribió Guillermo Enrique Hudson (1841-1922), reconocido como el primer ornitólogo argentino, uno de los pioneros internacionales del movimiento conservacionista y autor de culto para naturalistas, literatos y ecólogos.

Hudson describía así su temprano viaje a un lugar próximo a Chascomús, a unos 100 kilómetros de su lugar de nacimiento, en la estancia Los Veinticinco Ombúes (ubicada en lo que hoy es Florencia Varela y entonces era Quilmes). Diez años después de esa penosa travesía, la familia Hudson, empobrecida, regresó a Quilmes, subsistiendo con un pequeño comercio. Allí el joven Hudson enfermó gravemente, reponiéndose pero con secuelas para toda su vida. La observación del mundo natural y los pájaros ganó pronto su fascinación; el “joven sin tiempo” solía sentarse en los atardeceres a esperar que cayera el sol y salieran las estrellas, extasiado con el simple espectáculo que ofrecía el mundo.

Poco se sabe de su vida tras la muerte de los padres: un deambular errante y bien gaucho por la provincia, un viaje al Chaco, Uruguay y Brasil para aventurarse en la Patagonia hacia 1870-’71, antes de la epidemia de fiebre amarilla que asoló a Buenos Aires.

Un gaucho en Londres

En 1874, hostigado por la pobreza y su antigua enfermedad, Hudson embarcó hacia Inglaterra. En Londres no dejó de pasear su alta y atlética figura; caminaba por la ciudad y en las afueras absorto y meditabundo; fue una especie rara de dandy, un dandy naturalista. Nunca encontró la conexión con la gran metrópoli, pese a que allí produjo toda su obra. Vagabundo innato, como los gauchos, escribió en Londres: “Me siento extraño sólo frente a mis semejantes, especialmente en las ciudades donde ellos existen en condiciones innaturales para mí”.

Tras varios años de pobreza la suerte de Hudson cambió, parte de ello debido a su amigo Robert B. Cunninghame Graham (1852-1936), Don Roberto, escritor y aventurero escocés. Con el tiempo, Hudson comienza a ordenar sus memorias, sus diarios y experiencias sudamericanas; entre 1885 y 1922, año de su muerte, publicó casi treinta libros de una nutrida y lograda obra autobiográfica, literaria y naturalista. A ese número, se irán adicionando publicaciones póstumas de cartas, diarios y otros escritos.

... como crecen los pastos

Hudson cultivó naturalmente, como la vida que siempre anheló, una prosa transparente, ágil, poética, que despertó la admiración de conspicuos hombres de letras y que no deja de asombrar y cautivar a los lectores actuales. En la época en que se discutía la tradición literaria argentina, Ezequiel Martínez Estrada escribió: “Nuestras cosas no han tenido poeta, pintor ni intérprete semejante a Hudson ni lo tendrán nunca”, prefiriendo la obra de Hudson por sobre el canonizado Martín Fierro. Borges no se quedó atrás, y sentenció: “Quizá ninguna de las obras de la literatura gauchesca aventaje a The Purple Land... es de los pocos libros felices que nos han deparado los siglos”.

Joseph Conrad (1857-1942), autor de El corazón de las tinieblas, Lord Jim y otras obras memorables, conoció a Hudson y definió así la técnica de escritura del argentino: “Es como si un fino y suave espíritu estuviera soplándole las frases. Uno no puede decir cómo este hombre consigue sus efectos; escribe como crecen los pastos”.

Hudson murió en Londres, lejos de sus veinticinco ombúes y de la naturaleza que fue su viento divino. Sin embargo, su espíritu y obra son revitalizados en las fatigadas tierras del conurbano bonaerense.

Un lugar en las pampas

Son 54 hectáreas, no tan lejos del mundanal ruido, a unos 30 kilómetros al sur de Buenos Aires. El lugar es un viaje en el espacio y en el tiempo; mucho cambió y algo pervivió. El camino no es difícil, pero los carteles casi no existen por el pillaje y el descuido. El paisaje es heterogéneo: humedal, pastizal pampeano, bosque de talas y monte; especies vegetales autóctonas y exóticas conviven en ese lugar proclive a la biología y la literatura.

El rancho en el que nació Hudson es de fines del siglo XVIII y todavía existe, restaurado. Fue localizado en 1929 por Fernando Pozzo, admirador del naturalista, uno de los impulsores de la gestión y preservación del lugar y de la memoria del autor. La casa está ubicada en la zona alta del terreno ondulado; al frente “dominaba la planicie” (hoy monte y poblado de Varela) y por detrás, a cientos de metros, corre el arroyo Las Conchitas, que desagua en el Río de la Plata “unas dos leguas al este” siguiendo la descripción del escritor. De los famosos veinticinco ombúes que vio Hudson a mediados del siglo XIX sólo quedan tres.

La zona se presenta como Museo Histórico Provincial Guillermo E. Hudson - Parque Ecológico-Cultural, y fue declarada en 2000 Reserva Natural Provincial de Usos Múltiples, sustancialmente con fines educativos y culturales. La primera directora fue Violeta Shinya, sobrina nieta del naturalista; en 1965 se creó la Asociación de Amigos del Museo Hudson para sostener la iniciativa y difundir la obra del escritor.

La flora y fauna del lugar continúan inventariándose con fines científicos y divulgativos, no obstante lo cual estudios recientes afirman que allí viven alrededor de la mitad de las especies ictícolas de los arroyos bonaerenses; casi la misma cantidad de avifauna autóctona, de reptiles y de anfibios conocidos en la región. Incluso, se reportaron especies nuevas para el lugar, como la “tortuga cuello de serpiente”. Reservas como la del Museo Hudson son esenciales para la preservación de especies, la recarga del acuífero, la regulación de humedad, el oxígeno, y la promoción de una cultura ambientalmente sustentable.

A mediados de los ’90 se anexaron casi 50 hectáreas, se construyó un salón de usos múltiples con técnicas de arquitectura solar, se incorporaron paneles solares, un generador eólico, un tractor, implementos de labranza, un molino de viento y un tanque australiano. Hay una granja de permacultura, existen cursos de huerta orgánica, experiencias en energías alternativas y lombricultura. Una nutrida biblioteca pública, especializada en Hudson, con obras originales en varios idiomas del autor, incluso japonés, junto a libros de literatura, biología, ecología, ambiente y otros, es un orgullo del lugar. Una atracción adicional es el horno de barro de alto rendimiento, “en el que las empanadas salen en seis minutos”, según refiere la gente del parque.

Se realizan visitas guiadas al museo y caminatas por la reserva con la guía del naturalista Marcelo Montenegro, quien no oculta su admiración por la obra del autor, ni su pasión por la naturaleza. Cuida celosamente el entorno y los seres que allí existen. Ubica cada planta con su nombre vulgar y científico, y reconoce a los pájaros por su canto. Es un pura sangre de la tradición hudsoniana. Sin duda, el autor de El ombú está allí, preservado en obra, polvo y viento.

Un dato significativo es la veneración y el reconocimiento japonés de la obra del naturalista argentino; varias empresas y asociaciones hudsonianas niponas colaboran con el museo, además de tener varias obras traducidas al japonés. Tal vez, la aprehensión participativa de la naturaleza y el panteísmo de Hudson no sean ajenos al espíritu oriental: “El cielo azul, el oscuro suelo debajo, los pastos, los árboles, la lluvia y las estrellas no son extrañas para mí, porque yo estoy en ellas y mi carne y el suelo son uno y el calor de mi sangre y el ardor del sol son uno y el viento y la tempestad y mis pasiones son uno” (Hampshire Days, 1903).

La cita del inicio es una secuencia digna del cine: los preparativos, un niño mirando extrañado la casa natal que se aleja, los árboles en lo alto, el océano verde de la pampa, la llegada a un mundo extraño. La misma sensación, la misma nostalgia que tendría el maduro Hudson cuando vio perderse en el horizonte a su pampa entrañable, en ese otro viaje iniciático hacia Inglaterra, un viaje hacia lo extraño, pero también hacia la literatura y la inmortalidad.

Fuente Suplemento Futuro de Página 12 del 25 de Agosto.




sábado, 16 de enero de 2010

Un juego de odio y destreza-Sobre Allá Lejos y Hace Tiempo


Fuente Suplemento Verano de Página 12.

Por Rodolfo Rabanal

Incurro acaso en el desliz consciente de considerar a Guillermo Enrique Hudson un escritor argentino. La discordia que puede suscitar esta apropiación no es menor: Hudson, nacido en Quilmes de padres norteamericanos, fue educado en inglés y escribió en ese idioma. Las razones de mi argumento tampoco son desdeñables: hasta los 34 años de su edad vivió a caballo entre los gauchos, conoció las duras tareas del campo y la soledad legendaria del arriero, primero en la provincia de Buenos Aires, después en la Patagonia y más tarde en el Uruguay. Naturalista y escritor, amó los pájaros, la extensión vertiginosa de la pampa y el arte de narrar.

Su primera novela, La tierra púrpura, permite a Borges la sospecha de que quizá ninguna de las obras de la literatura gauchesca la aventaje. Más decisivo, Ezequiel Martínez Estrada elimina el adverbio de duda y apuesta de manera absoluta a la superioridad de ese libro sobre cualquier otro de la misma especie.

Prefiero ahora, por razones de espacio y tema, saltear esa mínima discusión nunca agotada y abordar el espíritu de una escena cuya impresión perdura en mí desde su primera lectura hace ya muchos años. En el capítulo tres de Allá lejos y hace tiempo –libro que vuelvo a elegir con insistencia afectiva– Hudson encara el problema de la muerte a partir de un momento, en su temprana adolescencia cuando, por primera vez, el sentimiento del final de los seres vivos lo acomete con toda su carga luctuosa. El de-sarrollo de esas reflexiones –extenso y diverso– nunca se presenta sin el pie en el acontecimiento que lo suscita, Hudson elige los hechos, o las circunstancias, y las narra a fin de que el pensamiento se apoye en el suceso. Es así que, después de algunas breves anécdotas, el interés del autor focaliza una escena privilegiada y la planta en todo su espanto. Análogo por su espíritu a El Matadero de Echeverría pero distinto, este relato desnuda desconcertantes aspectos de la barbarie criolla en estado puro, hasta tal punto lo hace que no deja de adivinarse en él un aire primario, casi homérico. La escena da cuenta de la matanza del ganado como si ésta fuera un juego de odio y destreza llevado a cabo por unos pocos peones que enlazan al animal mientras otro desnuda un cuchillo y le corta los tendones de las patas traseras. Esto ocurre en Chascomús hacia 1853 y Hudson, de trece años, está allí para dar testimonio, lleno de terror. Lo que sigue es la reproducción de ese momento.

Fuente Suplemento Verano de Página 12.


Si quiere leer la introducción de Allá Lejos y Hace Tiempo.


Si quiere descargar el libro Allá Lejos y Hace tiempo:

Haga click en el botón download de la página del enlace

miércoles, 28 de mayo de 2008

MINITURISMO PARA CHICOS-Artículo de Página 12



La Reserva Natural Hudson :

Luego de visitar el zoológico, aquellos que estén con auto pueden completar la tarde en la Reserva Natural Guillermo Hudson, creada para preservar los últimos relictos de la vegetación autóctona bonaerense. Para llegar se debe cruzar la vía del tren y tomar la avenida Hudson hasta el 5800 y doblar a la derecha. El primer dato a tener en cuenta es que hay que arribar antes de las 16 horas, cuando comienza la última visita guiada. Recorrer el lugar con un guía resulta fundamental para poder distinguir las diferentes especies de árboles y pastizales autóctonos, que a simple vista pueden parecer todos más o menos iguales.

El guía y encargado de la reserva, Carlos Sawicki, nos acompaña por los distintos sectores, empezando por el casco histórico de lo que fue la estanzuela Los 25 Ombúes, de la cual sólo queda un rancho del siglo XVIII, restaurado y declarado monumento histórico en 1929. Allí nació en 1841 Guillermo Enrique Hudson, el naturalista que escribió 24 libros relatando sus recuerdos de la infancia y su juventud en las pampas durante la segunda mitad del siglo XIX. Además de su obra literaria, Hudson es reconocido por libros de ornitología como Aves del Plata y Pájaros de la Ciudad y la Aldea. En el viejo rancho hay un pequeño museo en su honor.

El paso siguiente es recorrer un incipiente Arboretum donde se han plantado diversas especies autóctonas como la taruma, la anacahuita, el sombra de toro (con sus hojas romboidales), el espinillo y el sauco. Luego, un sendero descendiente nos conduce por un barranco para ingresar en el típico pastizal de la estepa oriental pampeana, llena de flechillas, carquejas, plumerillos y retamas. El guía, con vista de lince, descubre algunas de las 147 especies de aves de la reserva y nos va señalando una por una sus características. Hasta que finalmente llegamos al arroyo Las Conchitas, con su correspondiente humedal a cada costado, abarrotado de juncos, totoras y espadañas. En el arroyo, numerosos biguás negros se asolean junto a un puente de madera y en algunos senderos los cuices corretean a 10 metros delante nuestro.

En el extremo opuesto al arroyo hay un ecotono muy particular que alberga un denso bosque xerófilo en galería, con árboles de 16 metros de altura que no dejan pasar la luz solar. Al ingresar, el ambiente se oscurece de repente, y divisamos las especies de árboles predominantes, algunas con el tallo cubierto de plantas trepadoras. Los pilares de este bosque son la acacia, el paraíso, el ligustro y el tala. A un costado se encuentran dos ombúes centenarios y un tala denominado “abuelo”, de 400 años de saludable vida. A la salida nos espera una merecida merienda con el mejor pan casero de la zona –recién salido del horno– resultado del taller de panificación que se ofrece a los chicos en la reserva los domingos por la tarde.

Fuente Página 12 Turismo, 5 de mayo de 2002.