viernes, 17 de agosto de 2007

Las llanuras de la Patagonia (Por Guillermo Enrique Hudson)


Tomado de Temakel

Cerca del final de la famosa narración de Darwin sobre el viaje del Beagle, hay un pasaje que para mí tiene un significado y un interés especiales. Dice así, y el subrayado es mío: “Evocando imágenes del pasado, veo que las llanuras de la Patagonia pasan frecuentemente ante mis ojos; sin embargo, todos dicen que son las más pobres e inútiles. Se caracterizan sólo por sus posesiones negativas, sin viviendas, sin agua, sin árboles, sin montañas; no tienen más que algunas plantas enanas. ¿Por qué entonces- y el caso no me ha sucedido sólo a mí- estos áridos desiertos se han posesionado de tal modo de mi mente? ¿Por qué no producen igual impresión las pampas, que son más fértiles, más verdes y más útiles al hombre? Apenas puedo analizar estos sentimientos, pero ello ha de ser debido en parte a la libertad dada a la imaginación. Las llanuras de la Patagonia son ilimitadas, apenas accesibles y, por lo tanto, desconocidas; dan la sensación de haber sido así por muchos siglos y no se vislumbra un límite a su duración en el futuro. Si, como suponían los antiguos, la tierra chata estaba rodeada por una extensión de agua infranqueable, o por desiertos calientes hasta ser intolerables, ¿quién no miraría con emoción profunda, aunque indefinida, hacia estos confines del saber humano?”
Estoy completamente convencido de que Darwin no ha explicado acertadamente en ese pasaje las sensaciones que experimentó en la Patagonia, ni ha descripto con fidelidad las impresiones que ella causó en su mente, porque la cosa es tan real ahora como en 1836, cuando dijo que el caso no se refería a él exclusivamente. Sin embargo, desde esa época, que gracias a Darwin parece ahora tan remota al naturalista, estas desoladas regiones han dejado de ser inaccesibles, y, aunque todavía son inhabitables, excepto para algunos nómadas, por lo menos ya no son desconocidas. Durante los últimos veinte años el país ha sido cruzado en varias direcciones, desde el Atlántico hasta los Andes, y desde el Río Negro hasta el Estrecho de Magallanes; todo era estéril. La misteriosa ciudad poblada por habitantes blancos, cuya existencia se supuso por tanto tiempo en el interior desconocido, en un valle llamado Trapalanda es un mito para los modernos, un espejismo de la mente, como la esplendorosa capital de Manoa, que no pudieron descubrir Alonso Pizarro y su falso amigo Orellana. El turista de hoy espera ver apenas un guanaco solitario vigilando en lo alto de una loma, algunos avestruces de plumas grises, y probablemente, también, un grupo de indios errantes de largos cabellos con sus rostros pintados de rojo y negro. Pero, a pesar de saber todo esto, el viejo encanto persiste todavía con toda su frescura, y después de las incomodidades y sufrimientos soportados en un desierto condenado a una esterilidad eterna, el viajero descubre que a través de los años lo recuerda con intensidad, que brilla con más luz en su memoria, siendo más agradable para él ese recuerdo que el de cualquier otra región que pudiera haber conocido. Sabemos que cuanto más nos impresiona alguna escena, su recuerdo se grabará con más nitidez y duración en la memoria; esto sucede con el carácter relativamente imborrable de las impresiones que datan del período de la niñez, época en que somos más emotivos. Juzgando por mi propio caso, creo que aquí reside el secreto de la persistencia de las imágenes de la Patagonia y su aparición frecuente en el espíritu de los muchos que han visitado esa región gris, rnonótona y, en cierto sentido, de una falta absoluta de imaginación; es que la Naturaleza, en estos parajes desolados, por una razón que luego se verá, nos emociona más profundamente que en otros. Al describir sus excursiones por uno de los más tristes lugares de la Patagonia, Darwin dice: “Sin embargo, en medio de estas soledades, sin que exista cerca ningún objeto atrayente, se experimenta una indefinida pero poderosa sensación de placer”. Cuando recuerdo alguna escena de la Patagonia se me presenta tan completa, en toda su vasta extensión y con todos sus detalles tan nítidamente delineados, que si la estuviera contemplando realmente no la vería con más claridad; mientras tanto, otras, aun aquellas que fueron hermosas y hasta sublimes, con bosques, océano o montañas, y sobre todo el cielo azul profundo y el crepúsculo brillante de los trópicos, no aparecen ya tan precisas en la memoria, haciéndose más brumosas cada vez que se intenta mirarlas con mayor atención. Aquí y allá veo una montaña cubierta de árboles, un bosque de palmeras, un árbol florido, verdes olas rompiendo sobre una costa rocosa, nada más que manchas aisladas de bello color, como si fueran las partes de un cuadro que no se han borrado, como el resto, ya despintado. Estas imágenes corresponden a escenas que una vez fueron contempladas con asombro y admiración- sentimientos que no puede inspirar el desierto de la Patagonia-, pero la soledad gris y monótona despierta otras más profundas, y en ese estado de ánimo la escena se imprime en la mente con caracteres indelebles.

Pasé la mayor parte de un invierno en cierto lugar de Río Negro, a sesenta u ochenta millas del mar, donde el valle tenía más de nueve mil metros de anchura. El valle era habitable solamente en el lugar en que existía agua para el hombre y los animales, y donde la tierra producía algunos pastos y granos. Era perfectamente nivelado y terminaba abruptamente al pie del barranco en forma de terraza de la meseta. Yo acostumbraba salir todas las mañanas a caballo, llevando la escopeta y seguido de un perro, alejándome del valle; tan pronto como llegaba a lo alto me internaba en la espesura gris, y allí me sentía tan solo y alejado de toda mirada humana que parecíame estar a mil kilómetros, en vez de sólo diez que me separaban del río y del verde valle escondido. Ese desierto que se extendía hasta el infinito, nunca cruzado por el hombre y donde los animales salvajes eran tan escasos que ni siquiera habían dejado algún sendero visible, se me presentaba tan primitivo, solitario y lejano que de morir allí, como los pájaros devorarían mi cuerpo y mis huesos se blanquearían por el sol y el aire, nadie hubiera hallado ni los restos, olvidándose, tal vez, de que alguien salió a caballo una mañana y no volvió jamás. De haberme sido posible vivir sin agua, como los pocos animales que allí había: pumas, guanacos, liebres patagónicas, avestruces de Darwin y la martineta copetona, entre los pájaros, me hubiera convertido en un ermitaño, viviendo entre los matorrales, o en alguna cueva abierta en la roca, llegando algún día yo también a ser gris como las piedras y los árboles que me rodeaban, bien seguro por cierto de que ningún pie humano habría llegado hasta mi escondite. Volví allí, no una, ni dos, ni tres veces, sino día tras día. Visitaba ese lugar como si asistiera a una fiesta y sólo lo abandonaba cuando el hambre, la sed y el sol me obligaban a ello. En realidad, no tenía ningún motivo para ir, ninguna razón explicable; no había allí nada que cazar, pues esto no podía hacerse sino en el valle. A veces, un Dolichotis, sobresaltado por mis pasos, cruzaba ante mis ojos, para desaparecer de inmediato en la espesura; o una bandada de martinetas se esparcía por el aire, dejando oír sus notas lastimeras y produciendo fuertes ruidos con sus alas; de pronto veía un venado que me observaba inmóvil durante dos o tres minutos, desde una loma lejana. Pero los animales eran pocos y a veces transcurría un día entero sin que viera un mamífero o no más de una docena de pájaros. En ese entonces el tiempo era más bien triste, con nubes grises en el cielo y vientos tan fríos que a veces se me helaba completamente la mano con que sostenía las riendas. Además, resultaba imposible andar al galope; los arbustos estaban tan juntos que costaba pasar entre ellos sin rasguñarse. Y a paso lento, que en otras oportunidades habría resultado intolerable, recorría durante horas aquella extensión. Allí no había nada que alegrara la vista. Una cantidad inmensa de guijarros pulidos de color rojo, gris, verde o amarillo aparecían sobre la arena que se veía a través de la fina capa de tierra gris (formada por la ceniza de millares de generaciones de árboles muertos), donde el viento había removido el suelo o la lluvia había barrido la superficie. Al llegar a una loma cabalgaba lentamente hasta la cima, y allí permanecía observando la perspectiva. A cada lado se extendía el terreno en grandes ondulaciones, pero éstas eran irregulares; se veían las lomas, ya redondas, ya cónicas, solas o en grupos, formando hileras; algunas descendían suavemente y otras, como arrecifes, se extendían a lo lejos en largas terrazas. Y todas por igual estaban
revestidas por esa eterna vegetación de espinos. ¡Qué gris era todo aquello!A veces divisaba, a la distancia, al gavilán de gran tamaño, de pecho blanco y semejante al águila, posado en lo más alto de un arbusto; y durante todo el tiempo en que permaneció estacionado delante de mí, mis ojos se fijaban involuntariamente en él, lo mismo que uno mantiene la vista sobre una línea brillante en medio de la oscuridad, porque la blancura del pájaro parecia ejercitar un poder fascinador sobre la visión, ya que resaltaba tan intensamente, por contraste entre esa universal monotonía gris. Abandonando mi punto de observación, reanudaba el paseo y subía de nuevo a otras elevaciones, para contemplar el mismo panorama desde otro lugar. Y así continuaba por horas enteras, desmontando al mediodía para sentarme sobre mi poncho doblado. Un día en estas excursiones descubrí un montecito compuesto de veinte o treinta árboles de tres metros de alto más o menos, siendo los de mayor tamaño en los alrededores. Crecían convenientemente apartados entre sí y era evidente que ese lugar había sido frecuentado durante largo tiempo por los venados o algunos otros animales salvajes, porque los troncos estaban suaves y pulidos debido al continuo rozamiento; el terreno había sido pisado hasta quedar convertido en un suelo limpio de arena fina y amarilla. Esta arboleda se hallaba en una loma que era de distinta forma que las demás, por lo que me era fácil encontrarla en cualquier momento; después de un tiempo la convertí en un sitio de descanso, al que iba siempre al mediodía. No me preguntaba por qué había elegido este lugar, alejándome a muchas leguas de mi camino para ir a sentarme allí, en vez de hacerlo bajo cualquiera de los millones de árboles y arbustos que cubren el campo inmenso, o en cualquier otra lomada. No pensaba en ello, sino que actuaba inconscientemente; sólo más tarde, cavilando sobre esto, me pareció que después de haber descansado allí, cada vez que quería hacerlo de nuevo, el deseo llegaba asociado con la imagen de ese grupo de árboles de troncos lisos, sobre el blanco lecho de arena, y en poco tiempo el reposar en ese mismo punto se hizo un hábito en mí, como en cualquier animal.Tal vez fue un error decir que me sentaba a reposar, puesto que nunca me sentía cansado; y, sin embargo, sin experimentar ninguna fatiga, esa pausa de la tarde, durante la cual permanecía inmóvil y como olvidado del mundo, me resultaba en extremo grata. El silencio, tan profundo, tan perfecto, era siempre muy agradable. Allí no había insectos; el único ruido era un débil gorjeo de alarma emitido por un pajarillo de una especie semejante a la ratona, el que se oía muy de vez en cuando. Y mientras cabalgaba, sólo el golpe sordo de los cascos del caballo, el choque de alguna rama contra mis botas y el jadeo del perro, interrumpían la tranquilidad. Cuando por fin llegaba y me sentaba, me parecía un alivio librarme también de esos ruidos, porque a los pocos minutos el perro se echaba a dormir y ya no se oía nada, ni una hoja que se moviera. Porque, a menos que el viento sople fuerte, las pequeñas hojas rígidas no se agitan ni susurran y los arbustos están tan quietos que parecen esculpidos en piedra. Un día, mientras escuchaba el silencio, se me ocurrió preguntarme qué efecto produciría un grito fuerte. Lo juzgué en ese momento una ridícula sugestión de la fantasía, “un pensamiento desordenado” que casi me hizo estremecer, y traté de desecharlo en seguida de mi mente. Pero durante esos días solitarios eran muy raras las ideas que cruzaban por mi espíritu; cada vez veía menos animales y eran más escasos los cantos de los pájaros que llegaban a mi oído. En ese nuevo estado de ánimo era imposible pensar. Además, siempre lo había hecho más libremente sobre el caballo; en las pampas, aun en los lugares más solitarios, mi mente se activaba mucho más cuando avanzaba al galope. Es indudable que esto llegó a convertirse en una costumbre; pero ahora, montado en un caballo, me sentía incapaz de reflexionar: mi mente, que era antes una máquina de pensar, se había transformado repentinamente en una máquina para un fin desconocido. Para pensar, me parecía que necesitaba poner en movimiento todo un ruidoso engranaje en mi cerebro, y había algo allí que me ordenaba no moverlo, por lo que me veía obligado a permanecer inactivo. Sólo estaba en suspenso y atendía; sin embargo, no esperaba encontrar ninguna aventura y me sentía tan libre de temores como me siento ahora, en una habitación de Londres. El cambio producido en mí era tan grande y maravi1loso que me parecía haber convertido mi identidad en la de otro hombre o animal; pero en aquellos momentos no me hallaba capacitado para meditar sobre él. Ese estado no me resultaba extraño, sino más bien familiar, y aunque se encontraba acompañado por un poderoso sentimiento de júbilo, no lo advertí; no me di cuenta de que algo se había interpuesto entre mi persona y mi inteligencia, hasta que lo perdí, volviendo a mi primitivo yo pensante y a la antigua e insípida existencia. (...) En casi todos los casos, exceptuando aquellos en que se ha enfrentado el peligro o se ha sentido la ira, el retorno de la mente a un estado instintivo o primitivo está acompañado por un sentimiento de júbilo, que en los muy jóvenes se manifiesta con un regocijo intenso, haciéndolos enloquecer de alegría, como animales recién escapados del cautiverio. Y por una razón similar, la vida civilizada es de continua represión, aunque pueda no parecer así hasta que, al entrever el salvajismo de la Naturaleza o al tomarle el gusto a la aventura, un incidente cualquiera nos hace bruscamente sentir su insipidcz. Y en ese estado de ánimo sentimos que, al separarnos de la Naturaleza, es más interesante lo que perdemos que las ventajas de que
gozamos. Era alegría de esta clase la que yo tuve en el desierto patagónico, el sentimiento experimantado al volver a un estado mental que hemos sobrepasado; porque, indudablemente, yo había retrocedido. Y ese estado de vigilancia, de alerta en el que se suspenden las más altas facultades intelectuales, representaba la condición mental del verdadero salvaje. Éste piensa poco, razona escasamente, siendo su instinto un guía seguro; está en armonía perfecta con la Naturaleza e intelectualmente al mismo nivel que las bestias que caza, y las que, a su turno, lo hacen a él objeto de su persecución. Si las llanuras de la Patagonia afectan a una persona de esta manera o aún mucho menos que a mí, no es raro que se graben en la mente con tal nitidez y que permanezcan frescas en la memoria, volviendo a ella con frecuencia, mientras otras escenas, sin embargo, grandes y hermosas, se van borrando gradualmente hasta que se olvidan. En pequeño, en la mayoría de los casos probablemente en muy pequeño grado, todos los sonidos y vistas naturales nos afectan de la misma manera; pero el efecto es a menudo transitorio y desaparece con el primer placer, siguiéndole en algunos casos una melancolía profunda y misteriosa. El verdor de la tierra, los bosques, ríos y montañas; la bruma azul y el horizonte distante; las sombras de las nubes sobre el panorama lleno de sol...ver todo esto es como retornar a un hogar, que es en realidad más hogar para nosotros que cualquier vivienda. (*)

Fuente: Días de ocio en la Patagonia, de William H. Hudson, Ed. Elefante Blanco, Ciudad de Buenos Aires.

Tomado de Temakel


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